En muchas empresas se piensa en trabajar con el equipo cuando ya hay problemas: conflictos, falta de motivación, comunicación deficiente… Como si el desarrollo del equipo fuera el último recurso, cuando todo empieza a fallar.

Error.

Esperar a que los síntomas sean evidentes es como llevar tu coche al taller solo cuando deja de arrancar. Sería absurdo, ¿verdad? Pues eso mismo pasa con muchos equipos: se espera a que el problema sea grave antes de intervenir. Y ahí, el coste a todos los niveles es mucho mayor.

¿Por qué no actuar antes y fortalecer al equipo de manera preventiva?

Un equipo saludable es un equipo que rinde, que crece y que afronta los retos con mayor resiliencia y positividad. Y para mantenerlo en forma, es clave saber qué necesita en cada momento.

¿Cómo saber qué necesita mi equipo?

Si no tienes claro por dónde empezar, te dejo tres claves básicas para hacer un diagnóstico sencillo pero efectivo:

1.- Observa. Presta atención a cómo funciona el equipo en el día a día: ¿colaboran o cada uno va por su cuenta? ¿se comunican de forma clara y efectiva o hay malentendidos constantes? ¿se percibe tensión, falta de confianza y mal ambiente? ¿ los roles y responsabilidades están claros o hay caos? ¿cómo se resuelven los problemas y se toman las decisiones?

2.- Pregunta directamente. No supongas, pregúntales a ellos. ¿cómo piensas que es la comunicación del equipo? ¿tienes claro tu rol y el del resto del equipo? ¿qué necesitarías para seguir avanzando? ¿te sientes escuchado y valorado en tu equipo?

3.- Analiza los resultados. A veces las señales están en los números. ¿se están cumpliendo objetivos? ¿hay demasiados errores? ¿se adaptan bien a los cambios o hay resistencia? ¿los clientes y colaboradores perciben malestar o falta de cohesión?

Y ahora ¿qué hacemos?

Una vez que tenemos una idea de las necesidades de nuestro equipo, te sugiero seguir alguno de estos caminos:

Coaching Ejecutivo.

Es un proceso de acompañamiento. Se basa en preguntas poderosas, escucha activa y feedback para que el equipo encuentre sus propias respuestas. No enseña ni da soluciones, sino que facilita el crecimiento desde dentro.

Formación

Aquí hablamos de transmitir conocimientos y desarrollar habilidades específicas a través de cursos, talleres o programas estructurados.  A mí me gusta incluir metodologías activas como role-playing, simulaciones o casos prácticos.

Team Building

Puede ir desde dinámicas en sala hasta experiencias al aire libre. Su impacto suele ser más emocional y temporal por lo que es más difícil generar cambios sostenibles. Ejemplos: gamificación, escape rooms, gymkanas, actividades en la naturaleza…

¿Cuándo utilizarlos?

No hay una respuesta única, pero en base a mi experiencia y en función de lo detectado, yo recomendaría:

 Coaching de Equipos:

  • Falta de alineación en la visión o los objetivos del equipo, avance insuficiente.
  • Comunicación deficiente o baja confianza entre los miembros.
  • Escaso liderazgo o roles poco claros.

Formación:

  • Falta de conocimientos o habilidades.
  • Cambios en la empresa que requieren adaptación (nuevas herramientas, procesos, metodologías).
  • Errores o falta de eficiencia debidos al desconocimiento.

Team Building:

  • Para equipos nuevos que necesitan romper el hielo y conocerse mejor.
  • Falta de motivación debido a la rutina o necesidad de salir de la monotonía.
  • Celebración de logros.

Aunque lo ideal en muchos casos es combinarlos, hay que tener en cuenta:

El impacto del Team Building es más superficial que el del Coaching de Equipos ya que el primero puede mejorar temporalmente la relación, pero, al no trabajar las dinámicas relacionales y los problemas reales como hace el Coaching de Equipos, no se modifican patrones de comportamiento por lo que, seguramente, los problemas vuelvan a surgir.

El Coaching de Equipos permite hablar abiertamente de lo que ocurre, aplicando herramientas para mejorar la relación y reducir la tensión en el caso del Team Building, al evitar abordar los problemas de manera directa, puede generar frustración en algunos participantes.

En el Team Building, por lo general, no hay seguimiento ni evaluación, al contrario de en el Coaching de Equipos, en el que se pueden ajustar estrategias y consolidar mejoras.

En definitiva, el desarrollo de un equipo no es cuestión de apagar fuegos, sino de mantenerlo fuerte antes de que aparezcan los incendios. Y cuanto antes actúes, más impacto positivo tendrás.

¿Qué primer paso vas a dar hoy para fortalecer a tu equipo?

En una relación sin límites, sea del tipo que sea, nadie sabe a qué atenerse. Es un terreno pantanoso donde todo vale… hasta que deja de valer. No hay reglas claras, no hay líneas que marquen hasta dónde sí y hasta dónde no. ¿El resultado? Confusión, frustración y, tarde o temprano, conflicto.

Lo curioso es que, aunque poner límites es una herramienta esencial para cuidarnos y cuidar al otro, nos sigue costando mucho. Nos da miedo incomodar, decepcionar o, peor aún, que nos rechacen. Por eso muchas veces callamos. O vamos acumulando pequeñas incomodidades hasta que, un día, estallamos. Y lo hacemos de la peor forma: con reproches, enfado, silencios o alejándonos sin explicaciones. Y eso, lejos de proteger la relación, la daña.

¿Por qué nos cuesta tanto?

Hay quien no sabe cuáles son sus propios límites. Hay quien los tiene claros, pero no se atreve a expresarlos. Hay quien no encuentra las palabras adecuadas para hacerlo sin culpa o sin miedo. Y también está quien antepone siempre el bienestar de los demás al suyo propio, olvidándose de sí mismo. Y, por supuesto, quien impone sus necesidades sin espacio para las del otro.

Poner límites es un acto de respeto mutuo

No es imponer ni exigir. Es explicarle al otro qué necesitamos para sentirnos bien en la relación. Y desde ahí, abrir el espacio para que la otra persona también pueda expresarse. Porque los límites no son un muro que nos separa, son puentes que nos ayudan a entendernos mejor y a construir relaciones más sinceras y equilibradas.

Decir lo que necesito no significa exigir que el otro lo cumpla. Significa compartirlo, para que juntos podamos encontrar un punto de encuentro. Hablar de límites es invitar al diálogo, no cerrarle la puerta al otro.

Los límites, cuando se expresan con respeto, acercan

Porque nadie puede adivinar lo que necesitamos si no lo decimos. Y cuando nos atrevemos a compartirlo, no solo nos cuidamos nosotros, también le damos al otro la oportunidad de cuidarnos mejor. Desde el respeto, desde la honestidad y, sobre todo, desde la amabilidad.

Porque las relaciones sanas no se encuentran, se crean.

Respetar y aceptar, aunque no siempre encajemos

A veces, nuestras necesidades y las de la otra persona encajan. Y otras veces, no. Y eso no nos convierte en enemigos. No hay que buscar culpables ni señalar al otro como «tóxico» o «egoísta». Hay personas que, simplemente, no encajan. Y saber reconocerlo también es una forma de cuidar la relación.

Igual de importante que respetar nuestros límites es aprender a no juzgar los de los demás. No tenemos por qué entenderlos, solo respetarlos. Y si lo que cada uno necesita es demasiado diferente, quizá lo más honesto sea tomar caminos distintos, sin juicios, sin resentimientos.

Conectar con lo que realmente nos hace bien

Eso sí, es importante que nos preguntemos si esos límites que queremos poner nacen de nuestro bienestar real o de miedos, heridas o inseguridades. A veces confundimos caprichos o inseguridades con límites, y ahí es donde conviene parar y preguntarnos: ¿esto que pido o me piden me hace bien de verdad? Poner límites sanos es un arte que requiere autoconocimiento y mucha honestidad con nosotros mismos.

¿Y cómo empiezo?

Cada vez que alguien te pide algo, antes de responder automáticamente, date un momento. Escucha, respira y pregúntate: ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Me hace bien? Solo entonces responde, con honestidad y con cariño. Practicar esa pausa es el primer paso para poner límites sin miedo y sin culpa.

Priorizarte también es cuidar al otro

A veces pensamos que poner límites es un acto egoísta. Pero es todo lo contrario. Cuidar de ti te permite ser más auténtico, más sincero y, por tanto, más generoso con el otro. Desde tu bienestar puedes construir relaciones más sanas, más honestas y más duraderas.

Poner límites es un aprendizaje

Es normal que al principio cueste, que nos tiemble la voz o que dudemos si estamos haciendo lo correcto. Pero cada vez que te atreves a expresar cómo te sientes, te haces un poco más fuerte y un poco más libre. Y cada pequeño límite puesto con respeto, refuerza tu autoestima y también tus relaciones.

Porque se trata de entendernos mejor

Poner límites desde la amabilidad es un acto de amor propio y de respeto hacia el otro. Nos permite cuidar nuestras relaciones, sin perder nuestra esencia. Y eso es un regalo para nosotros y para quienes queremos.

Y tú, ¿qué límite podrías poner hoy para cuidarte un poco más?

En las relaciones, ya sean profesionales, de amistad o de pareja, hay algo fundamental: la comunicación. No es fácil abrirse y mostrar lo que realmente sentimos. Ser vulnerable y expresar nuestras emociones, especialmente cuando son incómodas, requiere valentía. Sin embargo, lo que a veces encontramos al compartir nuestro sentir, no es la comprensión que esperábamos y, en su lugar, recibimos reproches, negaciones o culpabilizaciones.

Y es que, cuando alguien hace el esfuerzo de abrirse y comunicar lo que siente, merece que su emoción sea tratada con respeto, no con juicio ni con resistencia.

La base de cualquier relación sana es la confianza y la comunicación. Sin estas, es difícil avanzar. Y cuando alguien expresa que algo le ha molestado, herido o simplemente no le gusta, no deberíamos reaccionar, sino intentar crear un espacio en el que podamos comprendernos mejor.

En lugar de cuestionar o restar importancia a esas emociones, la respuesta adecuada podría ser algo como: ¿Quieres que lo hablemos y veamos qué podemos hacer para que no te sientas así? Lamento que te hayas sentido así, intentaré que no vuelva a ocurrir. Ayúdame a entender qué has sentido o visto tú que yo no he percibido. Gracias por decirme cómo te sientes, ¿Qué piensas que podemos hacer para mejorar nuestra relación?

Porque la verdadera responsabilidad afectiva no radica solo en lo que sentimos, sino en cómo respondemos a las emociones del otro.

Una relación solo puede avanzar cuando ambos se sienten escuchados y respetados. Cuando la confianza se nutre de la honestidad, de la capacidad para ser vulnerables sin miedo al juicio. Cuando somos capaces de perdonar, de superar los conflictos con empatía, sin reproches, y de seguir adelante con cariño y respeto.

Al final, la comunicación abierta y sincera es lo que permite que la relación crezca. Y ser sinceros no significa ser crueles. Ser sinceros implica respetar los sentimientos del otro, incluso cuando no estamos de acuerdo, porque lo importante es que las emociones se compartan y se validen.

Y no es fácil. Esta es la teoría, pero la práctica es otro cantar. Yo no siempre consigo tener la respuesta empática que me gustaría en el momento exacto, y a veces me cuesta mantener la calma o no reaccionar a la defensiva. Pero sé que este es el camino. Que hay que trabajar otras habilidades, como la paciencia, la escucha profunda y la autorregulación emocional, para poder responder de la mejor manera. Y aunque, no siempre lo consigo, cada intento me acerca un poco más a la forma de relacionarme que quiero, relaciones basadas en la comprensión, la confianza y el respeto mutuo.

El miedo nos acompaña siempre. Es esa voz que nos susurra dudas, que nos hace dar un paso atrás cuando queremos avanzar. Pero el miedo no es el enemigo. En realidad, solo intenta protegernos, aunque a veces lo haga de una forma que nos limita más de lo que nos cuida.

La semana pasada participé en el Congreso Online ¿Hablamos de miedo? con una charla, «El arte de domar al miedo” que fue una maravillosa oportunidad para reflexionar sobre esta potentísima emoción y en la que compartí mi propia relación con el miedo y cómo he aprendido a mirarlo con más comprensión, menos lucha y mucho más amor. Porque cuando dejamos de pelear contra él y aprendemos a escucharlo, algo cambia profundamente.

Después de años trabajando con personas que buscan mejorar personal y profesionalmente, he visto que hay algunos miedos que se repiten una y otra vez. Quizá te suenen:

 Miedo a equivocarnos. Como si fallar significara que no somos válidos. Como si el error no fuera, en realidad, una puerta abierta a nuevas posibilidades.

Miedo a no estar a la altura. Esa sensación de que hay algo que aún nos falta, que deberíamos ser más, saber más, demostrar más. Pero,¿y todo lo que hemos superado, avanzado y crecido hasta llegar aquí?

Miedo a no ser suficiente – Un miedo profundo que nos hace exigirnos más y más, sin permitirnos descansar en la certeza de que no somos valiosos por lo que hacemos, sino por lo que somos.

No se trata de vencer el miedo, sino de cambiar nuestra relación con él. Algunas ideas que a mí me ayudan:

Míralo con amor. En lugar de luchar contra el miedo, dale las gracias. Está ahí para cuidarte. Solo necesita que le enseñes que ahora tú tienes el control.

Atrévete a dar el paso, aunque el miedo te acompañe. La valentía no es ausencia de miedo, sino la decisión de avanzar a pesar de él. Y créeme, cuando das el primer paso, el miedo se hace más pequeño.

Cambia la conversación interna. No creas todo lo que tu miedo te dice. Pregúntate: ¿esto es realmente cierto? A menudo, el miedo nos cuenta historias que no son verdad.

Si quieres saber más, puedes ver mi charla completa en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=2Uzzkh3RXBc

Y tú, ¿Qué conversación tienes con tu miedo? Me encantará leerte.

#Miedo #Superación #DesarrolloPersonal #Confianza #HablamosDeMiedo

De todas las habilidades que he cultivado como coach, la escucha ha sido, sin duda, la más difícil y también la más transformadora. La escucha es la piedra angular de la comunicación, y en el mundo del coaching, es mucho más que simplemente prestar atención.

Un error común es pensar que el coach está ahí para darte soluciones, consejos o incluso para arreglar tus problemas. El coaching no trata de dar respuestas; trata de preguntas poderosas y de una escucha atenta y profunda.

Puede sonar sencillo, pero escuchar, realmente escuchar, es algo a lo que pocos estamos acostumbrados. Escuchamos para responder, no para comprender. Escuchamos mientras nuestra mente ya está elaborando una solución, una opinión o un consejo. Es lo que hacemos cuando un amigo nos comparte un problema: nos preparamos para intervenir, para decir lo que haríamos en su lugar.

Pero la verdadera magia del coaching radica en escuchar sin esa urgencia de resolver, en estar presentes y abiertos, sin juicios. Como coaches, escuchamos lo que el cliente dice, pero también lo que no dice. Detectamos las contradicciones, las palabras que se repiten como mantras y leemos entre líneas. Captamos las emociones detrás de las palabras: el entusiasmo, el miedo, la duda. Observamos el lenguaje corporal, las tensiones que hablan por sí solas, la relajación que aparece cuando algo hace clic.

Y, lo más importante, no escuchamos para intervenir, sino para reflejar. Como un espejo, devolvemos al cliente lo que hemos captado, sin adornos ni interpretaciones, con el fin de que él mismo vea algo nuevo, algo que quizás había pasado por alto. Esto le permite conectar con nuevas perspectivas, recursos y acciones que le acercan a sus objetivos.

Escuchar es un acto de profunda presencia. Requiere una actitud de apertura total y la capacidad de crear un espacio seguro, donde el cliente se sienta respetado, libre de interrupciones y realmente escuchado. Es en ese silencio cargado de atención y sin prisas donde se produce la verdadera transformación. Porque cuando alguien se siente genuinamente escuchado, algo en su interior se transforma, se expande… y es ahí, en ese espacio, donde empiezan a generarse los cambios.

Durante gran parte de mi vida he sentido el conflicto como algo negativo y cuando discutía, lo vivía con tensión y, en la mayoría de las ocasiones, con enfado.

Sin embargo, ahora lo entiendo como natural en todas las relaciones humanas, como algo que, bien gestionado, es sano, porque nos ayuda a crecer, ya que el desarrollo de habilidades, el entendimiento del otro y la aportación de ideas, en la mayoría de las ocasiones, surgen de los conflictos.

Ya no intento por todos los medios evitar las situaciones conflictivas sino que respiro profundamente, me hago vulnerable y las afronto. Intento buscar las causas del desencuentro, analizar lo más objetivamente que puedo la situación, tanto desde una perspectiva racional como emocional, procuro empatizar y comprender la postura del otro o los otros y, desde ahí, trato de aportar posibles soluciones. Por supuesto que no siempre consigo mantener la calma necesaria, pero si me enorgullezco de los avances que he conseguido desde que me propuse gestionar el conflicto con más conciencia.

Nos enfrentamos con otros porque nos cuesta llegar a acuerdos y esto nos genera incertidumbre, duda y enfado y no vemos la discusión como un punto de partida del que poder aprender y crecer o como una oportunidad para avanzar en la relación.

Y si en todos los ámbitos de la vida existen roces, diferencias y choques, la empresa, no es una excepción. Además de las provocadas por las diferencias en perspectivas, actitudes o estilos de comunicación, en el entorno organizacional, se suman aspectos como un exceso de carga de trabajo, la competitividad, las desigualdades, los distintos niveles de compromiso, la falta de liderazgo, etc.

Como en otros contextos, los conflictos en la empresa se superan con una buena comunicación, actitud abierta, predisposición a resolver el problema y evitando el juicio, las acusaciones y las actitudes defensivas.

Y muy importante: no tomarlo como algo personal. El departamento de marketing y financiero pueden tener objetivos distintos y eso hace que surjan conflictos que nada tienen que ver con las personas implicadas. Es frecuente que proyectemos nuestros miedos, frustraciones y diferencias en el rol (responsable de otro departamento, dirección, e incluso madre o padre) sin que tengamos nada en contra de esa persona, ya que, a menudo, el conflicto es más de roles que de personas.

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta la máxima de que si el 10% de los conflictos se deben a una diferencia de opinión, el 90% de ellos ocurren por un tono de voz equivocado.

He de confesar que cuando empecé mi formación en coaching, no confiaba al cien por cien en la efectividad de sus resultados. No entendía muy bien el proceso y cómo alguien que no era experto en un área concreta, podría estar capacitado para ayudar a conseguir unos objetivos a otra persona o, en mi caso, empresa o directivo.

No obstante, me decidí a iniciarme en este mundo como parte de mi formación como directiva y supongo que también por curiosidad, por conocer más a fondo esta nueva tendencia de la que todo el mundo hablaba como algo eficaz para el desarrollo de personas.

Aunque la formación me fascinó, fueron las prácticas que tuve que hacer para la obtención del título lo me convenció de la efectividad de este método y cómo conduce a cambios significativos y duraderos.

En un proceso de coaching, el protagonista, el auténtico responsable del proceso es el cliente: él es el que se conoce, conoce sus recursos, su disposición y su compromiso. El coach se centra en a ayudar al cliente a pensar por sí mismo, a encontrar las respuestas a sus preguntas, a descubrir su potencial  y a actuar. Y aunque pueda parecerlo, te aseguro que eso no lo hace cualquiera.

El coaching ayuda principalmente a aquellos que necesitan clarificar lo que realmente desean, a aquellas personas que no están satisfechas con algún aspecto de su vida personal o profesional, empresas que no están obteniendo los resultados deseados o que, sabiendo lo que quieren, no saben cómo lograrlo.

Y todo ello, en torno a la mejor y más antigua de las herramientas para el conocimiento: la pregunta. Estas nos hacen pararnos a pensar, nos obligan a tomar conciencia, a reflexionar, a descubrir nuestro verdadero potencial.  Todas las respuestas  están dentro de cada uno y todo el potencial para llevar a cabo nuestros propósitos, también.

Porque no debemos olvidar que aunque entre las herramientas de un coach se encuentran algunas muy novedosas como la Programación Neurolingüística o la Neurociencia, el coaching tiene raíces muy antiguas ya que, podríamos decir, que Sócrates, Platón y Aristóteles han sido las grandes influencias del coaching.

Una vez situados y con los objetivos claros, el cliente establece un plan de acción.  En esta fase,  el coach estará muy cerca  para ayudar a superar las dificultades que suelen aparecer en la puesta en práctica, desarrollar la confianza en uno mismo y  para activar la voluntad, seguridad y perseverancia necesaria para conseguir el/los objetivo/s.

Porque el coaching es reflexión pero, sobre todo, el coaching es acción. La reflexión no sirve de nada si no se pone en práctica aquello de lo que el cliente ha tomado consciencia, ha asumido capacidad de actuación y se ha hecho responsable.

Y un punto importantísimo, la elección del coach: en un proceso tan personal como este, la elección de la persona que te va a acompañar es de vital importancia. En primer lugar,  es importante su formación y experiencia para lo que recomiendo que el cliente compruebe que el coach está certificado en alguna de las asociaciones de coaching que existen en España. Pero no debemos olvidar la importancia de que, desde el primer momento, esa persona te transmita confianza, energía, compromiso y detectes una vocación sincera por ayudarte a que seas el único protagonista de tus éxitos. Así mismo, el coach debe ser lo más honesto posible y no comprometerse en ningún proceso con el que realmente no se sienta implicado o capacitado al cien por cien.

 

Algunas veces tengo la sensación de que la única mirada que podemos tener para adaptarnos a este mundo que nos exige, que nos genera necesidades, que nos empuja a la tecnología desmedida, que no nos deja espacio para ser, es hacia el futuro.

Sin embargo, si miramos hacia atrás y repasamos desde la literatura de los preclásicos hasta hoy, comprobaremos que la esencia del ser humano no ha cambiado tanto. Las pasiones, deseos, frustraciones, ambiciones y miedos de hoy, siguen siendo muy parecidas a las de nuestros antepasados.

Por eso, con frecuencia, busco inspiración en el pasado que me ayude a tener una perspectiva más humana del futuro.

Y una de mis mayores fuentes es Shakespeare. Y es que la belleza y sabiduría que contienen sus obras, lo hacen merecedor de su fama mundial.

Pero además, las obras de Shakespeare proporcionan importantes pistas sobre la gestión moderna. Los dilemas de los reyes y príncipes antiguos ofrecen perspectiva sobre los desafíos que enfrentan los directivos en el siglo XXI. »Henry V » es un caso de estudio sobre liderazgo y cómo crear lealtad. » The Tempest » ofrece un modelo sobre cómo gestionar el cambio. »Julio César» brinda una lección sobre cómo construir un equipo.

Cuando Henry V hace su famoso discurso en vísperas de la batalla de Azincourt, enfrenta un dilema familiar para muchos dirigentes: cómo persuadir a los trabajadores y mandos intermedios desconfiados a entrar en la batalla contra competidores de primer nivel y poner sus vidas o, en el mundo de hoy, sus trabajos en juego.

Explorar los personajes creados por Shakespeare, puede ayudar a los directivos del siglo XXI a desempeñarse mejor, en parte, porque les da una nueva perspectiva de sus desafíos, lo que les ayuda a replantear su respuesta a lo que ocurre.

La otra razón, es que proporciona una narrativa que ayuda a comunicarse de manera más efectiva. Como observó otro dramaturgo, G. B. Shaw, «El problema de la comunicación es la ilusión de que se ha producido» y es que, la mayoría de las empresas generan un gran volumen de comunicación interna y externa sin saber si se ha recibido o entendido.

Todos compartimos el mismo modelo en forma de arquetipos que nos ayudan a entender y explica el mundo en el que vivimos y, explorando esos arquetipos en las obras de Shakespeare, los líderes corporativos pueden mejorar sus competencias básicas.

Además, las obras del Bardo se pueden usar para mejorar el rendimiento de los equipos y organizaciones. Prestigiosas Universidades como Harvard utilizan obras de Shakespeare para ayudar a sus alumnos de MBA´s en cuestiones como management, liderazgo, inteligencia emocional etc.

Así mismo, la Universidad de Málaga, ha abierto una línea de investigación sobre el estudio de las obras de Shakespeare y el teatro de su época para el asesoramiento y formación de ejecutivos.

Por puro placer y también para mejorar tus competencias personales y profesionales, te invito a leer alguna de las obras de Shakespeare, ya me contarás.

Está claro que cambiar no es fácil, si lo fuera, todo el mundo conseguiría su propósito, todos alcanzaríamos nuestras metas y viviríamos felices.  Pero una cosa es que no sea fácil y otra, que no podamos hacerlo.  Ten en cuenta que el principal obstáculo que tenemos para cambiar, somos nosotros mismos. Por eso, cuanto mejor nos conozcamos y sepamos las creencias y bloqueos que nos limitan, antes estaremos preparados para superar esas barreras que nos autoimponemos.

Estamos programados para aferrarnos a la seguridad, a lo conocido, a lo que hemos hecho siempre. Nos cuesta aceptar el cambio propio e incluso el cambio en otros. Quizá sea esa sensación de seguridad extrema que los padres nos esforzamos en proporcionar a los hijos, o quizá nuestro propio instinto de supervivencia, el caso es que nos resulta complicado modificar nuestros hábitos y comportamientos, es más, quizá ni siquiera nos lo planteamos.

Y esa resistencia al cambio se produce, entre otras cosas, porque cuando proyectamos el futuro, nuestro cerebro nos devuelve al pasado. Pero no a un pasado real, sino a uno que nos creamos en nuestra mente para dar consistencia a nuestra vida. Así, ese futuro que nosotros nos planteamos en la mayoría de las ocasiones, está basado en situaciones ya vividas, en nuestras experiencias pasadas, en nuestras creencias y nuestro aprendizaje anterior. Por tanto, con esa base, es difícil poder ver alternativas o soluciones diferentes a aquellas que conocemos, y lo que hacemos es repetir patrones pasados que nos mantienen en lo conocido, por eso nos resulta tan difícil cambiar.

Por desgracia, estamos tan acostumbrados a que nuestra forma de actuar habitual, nuestro pasado, condicione nuestro futuro que nos cuesta aceptar que las cosas puedan ser diferentes a lo que conocíamos y por ello, nos causa un tremendo sufrimiento quedarnos sin el trabajo que nos había proporcionado seguridad en los últimos años, que suframos alguna lesión que nos imposibilite o que perdamos un cliente… y esa no aceptación del cambio, nos deja, en muchos casos,  desconcertados, bloqueados, y sin capacidad de respuesta.

Pero realmente, y lo veo a diario, podemos aprender a aceptar el cambio, es más, podemos disfrutar con las nuevas situaciones que la vida nos propone pero, para ello, debemos incorporar una nueva disposición en nuestra forma de actuar y de percibir la vida. Entre las cosas que podemos hacer para ser más receptivos  al cambio, yo me quedo con:

Desaprender, reinventarse todos los días, hacer las cosas cotidianas de forma diferente, estar abierto a lo nuevo. Abrir la mente y salir de lo conocido, porque cuando salimos de nuestra zona de confort, crecemos. Conocerse  a uno mismo y estar conectados con lo que sentimos. Dejarse fluir con las nuevas situaciones.  Creer en ti. Sonreír. Ser generoso con uno mismo y con los demás y agradecer todo lo que se tiene. Soñar y ser valiente para, al menos, intentar conseguir lo que se desea. Y sobre todo, mantener una actitud positiva ante la vida. Quizá esto último sea lo más importante: pensar que somos capaces de hacer algo, de conseguir lo que pretendemos, es la clave para alcanzarlo. Sin esa actitud vital será muy difícil.

Déjate sorprender por lo nuevo. Si damos por cierta la frase atribuida a Heráclito de que “lo único constante es el cambio” deberemos aprender a disfrutarlo para poder alcanzar y mantener un excelente equilibrio emocional en nosotros y nuestro equipo que se traducirá en empresas más ágiles, innovadoras y exitosas.

 

 

Hace tiempo escuché una historia que me fascinó. No sé muy bien si es cierta, pero eso no tiene demasiada importancia porque lo importante para mí fue lo que me inspiró.

“Todos sabemos que el pescado es muy valorado en la cocina japonesa pero, lo cierto, es que en las aguas cercanas a su costa, se va agotando la pesca. Así que, al principio, los pescadores, construyeron barcos más grandes para poder ir mar adentro, hasta que terminaban con la pesca en esa zona y tenían que ir aún más lejos. Evidentemente, esto les llevaba más tiempo y, cuando regresaban, el pescado ya no era lo suficientemente fresco para los entendidos paladares japoneses.

Entonces, las compañías pesqueras instalaron congeladores en los barcos pesqueros. Sin embargo, esto tampoco resultó ser la mejor solución porque a los consumidores japoneses no les gustaba el sabor del pescado congelado. Así que las compañías pesqueras japonesas, decidieron instalar en los barcos tanques de peces para mantenerlos vivos hasta llegar a tierra. Pero en los tanques, los peces aunque vivos, se aburrían y dejaban de nadar, de manera que los consumidores japoneses también notaban la diferencia de sabor, ya que un pez que no se mueve durante cierto tiempo, tiene un sabor diferente al que nada libremente por el mar.

Por tanto, las compañías pesqueras japonesas seguían teniendo un problema, el pescado que el mercado no consideraba fresco, se vendía menos y más barato. ¿Cómo hacer para que el pescado llegara fresco al mercado?

Finalmente, dieron con la solución. En el tanque en el que tenían los pescados, metieron un tiburón pequeño y sí, el tiburón se comía a algunos peces, pero el resto llegaba muy fresco ya que tenían que nadar, moverse para no ser comidos por el tiburón”.

La historia de los pescadores japoneses me recuerda a lo que nos puede pasar a las personas en nuestra vida personal o profesional al perder la pasión cuando sentimos que alcanzamos nuestras metas, cuando pensamos que ya lo tenemos todo o lo sabemos todo o que ya es demasiado tarde o demasiado pronto o que no se puede o cualquier otra excusa…  y nos acomodamos.

Y es que, las personas y las empresas,  como los peces de la historia, prosperamos más, estamos más vivas, cuando hay desafíos y retos que superar en nuestro entorno. Si no, como los pescados en el tanque, dejamos de movernos, de esforzarnos y superarnos y nos limitamos, nos volvemos aburridos y cansados.

Así que, cuando se alcancen las metas, hay que ponerse otras mayores. Si no lo tenemos ya, pongamos un tiburón en nuestra vida, en nuestra empresa que nos rete para no dejar de nadar y descubrir hasta dónde podemos llegar.